Érase una vez, un dragón, era grande, colosal,
estaba lleno de soledad, tantas batallas había librado, que sus escamas eran
gruesas y duras al tacto, muy lastimado iba, fuerte y vigoroso, pero tan solo.
El dragón nunca había podido amar a alguien como a aquel gato. Si, un gato.
Era pequeño, empático, tan suave y delicado, que
el dragón tenía miedo de lastimarlo. Pero le demostraba sus sentimientos en un
sinfín de formas, una vez le regalo chocolate, otra pizza, incluso collares que
solo el dragón podía costearse.
Sin embargo, el dragón solo pudo vivir en el
pasado del gato.
El gato había tenido ya múltiples amantes, en
busca de un amor verdadero, pero el dragón no entendía la necesidad de amor del
gato y a pesar de que el gato amaba sin duda alguna al dragón, éste, solo le
reprochaba su pasado.
Entonces el gato empezó a sentir su propia
soledad, a parte de la del dragón, ya no disfrutaba la compañía del dragón como
antes, pero igual no se iba de su lado porque lo amaba sin lugar a dudas.
El dragón amaba al gato.
El gato amaba al dragón.
Pero el dragón solo vivió en su pasado.
Y el gato murió de soledad.
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